La Gaitana, orgullo opita.

Ante el debate sobre el derrumbamiento sobre los monumentos en honor y reconocimiento a los colonizadores españoles y políticos en el país, en el Huila, opitas resaltan con orgullo la historia y la memoria de La Gaitana, la Cacica que luchó en contra de los conquistadores.

Una de las discusiones más álgidas que por estos días de paro nacional que se viven en todo el país y en el Huila, es el derribamiento de los monumentos, bustos y estatuas de colonizadores y/o conquistadores españoles y políticos colombianos.

Según los indígenas Misak, quienes han tumbado o dejando de ‘un hilo’ estas obras, en Cali, Bogotá, Popayán y Pasto, se debe a que “estos conquistadores representan el horror, el genocidio y el exterminio que se siguen viviendo en la actualidad”.

Durante el paro nacional del 28 de abril, en Neiva manifestantes “dejaron dos estatuas en el piso. Una fue el busto del fundador de dicha ciudad, Diego de Ospina y Medinilla, ubicada en el parque Santander y la otra la estatua del expresidente conservador Misael Pastrana (1970 – 1974), padre del también exmandatario Andrés Pastrana (1998-2002).

Orgullo en la sangre.

Sin embargo, la atención está centrada en una icónica imagen que por la fecha llena de orgullo a los opitas: Guaitipán o “La Gaitana”, cacica de la cultura Yalcón.

En los municipios de Neiva y Timaná, reposan a los ojos de propios y extraños, dos de las esculturas más representativas de la cacica, quien, según la historia, luchó de manera aguerrida contra los españoles.

Según la Biblioteca del Banco de la República en Bogotá, “La Gaitana, cacica de la cultura Yalcón del siglo XVI. fue la mujer indígena que resistió la colonización de su territorio, al reunir inicialmente a más de 6 mil indígenas de distintas comunidades, inicialmente Timanaes, Yalcones, Pijaos, en contra de los actos violentos de dominación de Pedro de Añasco y sus hombres, quienes actuaban por orden del conquistador Sebastián de Belalcázar”.

Recordemos, que el 28 de abril en Cali, la estatua de Belalcázar, fue derribada por indígenas del Cauca. Según el historiador Holbein Giraldo Paredes, este acto “es el reflejo de una visión hegemónica donde predomina el eurocentrismo con el que se le rinde culto a los ‘conquistadores fundadores’, porque la historia se ha escrito en Colombia y América Latina desde la perspectiva de los vencedores y no desde los vencidos”.

Guaitipán.

Guaitipán fue cacica de los Yalcones, en el territorio que hoy es el municipio de Timaná, nombre de origen quechua de la población que una vez dominada por Pedro de Añasco, fundada en 1538.

En la historia, Añasco fue marinero, explorador y conquistador quien se embarcó a las Indias entre 1527 y 1538, designado por Sebastián de Belalcázar para fundar pueblos que facilitaran las comunicaciones de los conquistadores entre Popayán y el río Magdalena, tarea que implicaba el exterminio de pueblos enteros para consolidar las fundaciones españolas.

Según la historia, Añasco convoco a los líderes indígenas hombres, excluyendo a la cacica Guaitipán por ser mujer, para proceder con el reparto de sus tierras entre sus hombres españoles, por lo que el hijo de la Cacica, segundo en el mando, se reusó a reunirse con él, al no merecer su confianza.

Por este desacato a su llamado, Añasco lo mandó a quemar vivo  frente a su pueblo. El acto generó que Guaitipán convocara alrededor de 6 mil indígenas para reparar el agravio. El acto que intenta ser escarmiento para otros indígenas, resulta siendo la causa de la rebelión de varias comunidades en contra de los colonizadores.

Añasco fue capturado con vida y llevado a comparecer ante La Gaitana quien le sacó los ojos y le atravesó la lengua con una cuerda, luego lo arrastró de pueblo en pueblo, después cortó sus extremidades y terminó por degollarlo, presentando la cabeza como trofeo de guerra y símbolo de victoria.

Según las crónicas de Fray Pedro Simón y Castellanos Herrera, entre ellos existieron los Yalcón, Timanaes, Avirama, Pijao, Guanaca, Paeces y Andaquíes, comunidades cercanas entre sí en la región, que se sumaron a las intenciones de la cacica Guaitipán, bajo el mando de ésta y del cacique Pigoanza además de los caciques Inando, Añolongo, Meco y Timano.

“Si bien, el motivo de la insurgencia indígena fue detonado por el crudo asesinato del hijo de Guatipán entre 1539 y 1540, la fuerza de esta empresa guerrera logra la insurrección de sociedades organizadas, conocedoras y civilizadoras de sus territorios, frente a las formas de control y expropiación de pueblos enteros a sangre y fuego por parte de los españoles conquistadores”.

El genocidio.

Tras la muerte de Añasco, Juan del Río hace un llamado a los indios para que regresen a Timaná a edificar de nuevo sus casas, donde fueron masacrados.

“Una vez derrotados militarmente los indígenas, la religión católica, el trabajo forzado, las enfermedades, los tributos, las obligaciones, la represión y el ocultamiento de sus prácticas culturales por la acción colonizadora, terminan por invisibilizar una proeza americana de resistencia y defensa del territorio. Situación que se repite hoy, en el contexto republicano de la nación colombiana, donde la tenencia de la tierra promueve el desplazamiento y el exterminio, en un sistema político y económico que promueve la inequidad y la marginación cultural, social, económica y el asesinato de líderes sociales e indígenas, como una vez lo fue “La Gaitana”: Guaitipán”, se lee en los apartes de la Biblioteca.

Timaná hoy.

Leyendas e historias indígenas se escuchan hoy, y en ellas ronda la presencia de Guaitipán como heroína y líder que luchó por su gente, su tierra, el legado y memoria de sus antepasados, buscando la autonomía de los pueblos originarios.

En el año de 1974, el escultor Rodrigo Arenas Betancourt dio vida a la escultura, que brilla junto al Río Magdalena en la capital opita, mientras que en la plaza principal de Timaná también se encuentra el monumento de esta gran mujer.

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