Opinión | Gracias a Dios.

En retrospectiva y haciendo un análisis de lo que he venido haciendo, me encontré en un punto lleno de existencialismo, de nostalgia y de fe.

Durante aproximadamente un año he estado escribiendo columnas de opinión en diferentes medios de comunicación a los que agradezco su espacio y la bondad de publicarlas. Pensé en todas y cada una de las columnas, las releí, algunas de ellas controversiales, fuertes; otras con temas de connotación nacional; sin duda alguna marcando mi lejanía con el veneno uribista, y las más recientes expresando nuestro apoyo consiente y contúndete al SI, al inicio de la paz en Colombia.

He hablado hasta de deporte, de nuestro gloriosa perla deportiva, el atlético Huila, del alcalde Rodrigo Armando Lara a quien de verdad espero que en algún momento haga un acto de reconciliación con sus ideales y re-direccione una administración llena de inconsistencias, inexperiencia y mucha soberbia. En síntesis he escrito de todo.

Así lo creía, por un momento cerré los ojos, tomé aire y caí en cuenta de mi ingratitud, de mi vanidad, de mi egocentrismo. En ese instante reconocí que había algo o alguien de quien no había hablado aun. Alguien que nos enseñó el verdadero significado de la palabra amor, alguien quien a pesar de los años y siglos, aún su nombre resuena en cada rincón del planeta.

Y fue así como sentí la necesidad de hablarles de DIOS, de un SER SUPREMO que en mi concepto y respetando los seguidores del evolucionismo; considero, es el dueño y señor de todo lo que nos rodea. El DIOS de las millones de historias, milagros, testimonios, en fin, de un DIOS viviente que sin importar nuestros pecados o faltas, aún nos demuestra su incalculable amor.

Una reflexión de inmediato llegó a mi entendimiento: “si de vez en cuando habláramos con más amor y con menos odio, posiblemente nuestra vida sería menos compleja”, esa misma reflexión me recordó que una vez Jesucristo, el único hijo de DIOS, según la biblia, máximo instrumento de la fe cristiana, murió en una cruz a cambio del perdón de todas nuestras faltas.

Y fue así como en esos momentos de introspección entendí, o mejor a manera de recuerdo, llegó a mi mente la palabra agradecimiento, gratitud con DIOS por todo lo dado y vivido con mi familia, por el incondicional apoyo, por mis amigos, por la lealtad y sinceridad, y, con mis enemigos por retarme cada día a ser mejor.

En tiempos de paz es coherente dejar un mensaje edificante, un mensaje que tal vez llene el corazón de alguien que en este momento necesite fe, un mensaje de perdón y reconciliación, un mensaje a un enfermo cuya única esperanza puede resultar el compartirle testimonios acerca del poder de la fe. En tiempos de paz el mejor mensaje que podemos dar es estar en paz con los que nos rodean, pero sobre todo en paz con nosotros mismos.

Nota: si herí susceptibilidades los invito a que inicien el día agradeciendo a DIOS y recordando que todo lo malo que hemos hecho como humanos, ÉL lo perdona y olvida. Finalmente me resta por decir… QUE DIOS LOS (AS) BENDIGA A TODOS Y TODAS.

Por: Andrés Felipe Guerrero
@PipeGuerreroCH

Andrés Felipe Guerrero Chávarro

Neivano.

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